Mucau (1)

El señor Mucau se apresuró a abrir la puerta. El aire caliente de la calle ingresó antes que la imagen de la persona que estaba del otro lado. La luz de la tarde hizo que sus pupilas se contrayeran un poco y la figura del repartidor demoró un par de segundos en adquirir su nitidez total. Fue más tiempo del que necesitó el empleado para anunciarse.

– Buenas tardes ¿Sr. Mucau? –

– Si, soy yo. –

– Le traigo una entrega de la tienda Mondsen. –

– Si, lo esperaba. –

– Firme aquí por favor – dijo extendiéndole un soporte rígido con papeles abrochados.

La ansiedad agravó la dificultad que Mucau tenía con ese tipo de formularios. Rápidamente repasó los datos importantes: nombre, detalles del producto, precio… tomó la lapicera que le ofrecía el repartidor y firmó la forma de papel blanco con letras en magenta y negro y el logo de la tienda, que también lucía bordado en el bolsillo de la camisa de su interlocutor, y en el lateral de la camioneta estacionada al frente de su casa. Dos personas más trajinaban en el portón trasero de la camioneta con un gran bulto. Una vecina que pasaba caminando por la vereda de enfrente observaba con curiosidad la escena sin detener su marcha. – Voy a a ser tema de charla – pensó el señor Mucau. 

Mientras tanto, uno de los asistentes ya se abría camino entre ambos para ingresar a la casa empujando un carrito que portaba la gran caja.

– ¿Aquí está bien? – dijo el asistente sin mirar ni esperar respuesta.

– Gracias, Sr. Mucau, esperamos que disfrute de su adquisición. Tiene tres días para informar sobre cualquier incidente. – Recitó el repartidor jefe.

– Si, si. – repitió Mucau, asintiendo con la cabeza y trasladando nerviosamente su mirada entre las dos personas que lo flanqueaban.

Apenas el asistente traspasó el umbral, Mucau interrumpió con la puerta el intercambio de sonrisas forzadas. Giró rápidamente hacia la caja y dedicó unos segundos a disfrutar de la sensación de satisfacción y regocijo que le producía el momento. Luego dio tres pasos rápidos y se sentó en su sillón, el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas y una amplia sonrisa en su rostro que había quedado a un metro de la caja.

La ansiedad lo dominaba, pero se contuvo. Quería disfrutar de esa situación irrepetible, previa a la primera vez que iba a ver un objeto que cambiaría su vida.

Las letras metalizadas y de colores vivos contrastaban perfectamente con el rústico cartón pardo de la caja. El mensaje implícito era claro: la más sofisticada obra de arte y tecnología que usted podrá conseguir en el mercado.

La sonrisa no cedía, continuó leyendo y observando los detalles del empaque.

Solo cuando estuvo satisfecho con lo percibido pasó a la siguiente etapa, lentamente comenzó la tarea de abrir la caja. La volteó para que quedara en posición horizontal, no quería correr riesgos. Fue al escritorio y tomó un cortante. Con precisión de cirujano cortó las cintas adhesivas que sellaban prolijamente la caja. Finalmente, solo un movimiento lo separaba de su nueva posesión.

Dudó un instante, se paró de golpe, los brazos pegados al cuerpo con los puños hacia arriba, hizo una inspiración rápida y profunda y contuvo la sensación de casi dolor en el pecho. Sus ojos clavados en la caja. Giró repentinamente hacia el patio, vió las plantas regadas por el sol, el aire quieto y una pequeña ave picoteando el césped. La pequeña fracción de naturaleza, de mundo  no intervenido,  le hizo reconsiderar por un instante lo que estaba por hacer.

– ¿Mundo no intervenido? – dijo en voz alta y se sorprendíó, de su voz y de su desatino casi al mismo tiempo. Nada de lo que estoy viendo está libre de la manipulación humana, rectificó.

– Dejá de pensar tonterías Mucau – se dijo y volvió a encarar la caja con determinación.

En un movimiento veloz hundió sus dedos en el centro y  separó las tapas de la caja hacia los lados. Un mar de bolitas de telgopor se agitó con el ingreso del aire, apenas dejaba entrever una fina bolsa plástica semi translúcida y de superficie aterciopelada. Una sensación de frío le recorrió la espalda y otra de calor le nació en el vientre y subió hacia su rostro. Dentro de la bolsa se perfilaban fragmentos de piel.

Continúa en (Mucau 2)

 

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