Visibles e invisibles

Hace tres días, un títere que estaba a punto de quedarse sin titiritero le hablaba a los representantes del pueblo. Una mitad aplaudía mecánicamente, obedientemente. La otra mitad guardaba silencio. Los más cercanos revoleaban sus miradas. Otra de las cosas que no sabe hacer es actuar. Los encargados de fijar las imágenes cumplieron con su tarea.

Una colección azarosa de nosotros estamos ausentes del paisaje urbano. Un enorme gusano bajo tierra nos acerca a nuestros destinos.

– Hola Gangú, estoy volviendo a casa.
En el subte no hay señal, es una especie de viaje al pasado.
¿Qué estás haciendo? –

Una mujer pide ayuda. Cuenta que trabajaba en una fábrica textil que hace poco cerraron. Se ofrece para trabajar.

Miles de educadores reclaman condiciones dignas para una de las misiones más trascendentes, para todos. Esta vez los encargados de fijar las imágenes en la memoria colectiva estaban algo confundidos, creyeron que lo más importante era el tránsito.

Más temprano en otro vagón escuché a un flaco tocando en la guitarra criolla: Recuerdos de Alhambra, El día que me quieras, y Rapsodia bohemia. Su virtuosismo me conmovió.

-Parque Patricios- dice una amigable voz femenina por el parlante.

Otra mujer que ha perdido el contacto con la realidad pasa repartiendo pedacitos de papel de diario. Se nota que no se baña hace al menos varios meses. Su pelo, su piel y su ropa lucen una dolorosa semejanza, un pegajoso color calle.
Habrá visto que algunas personas entregan dinero a cambio de papelitos, y ella espera que hagan lo mismo.

Ya me bajo. El calor me golpea.

Otra mujer cree que va a llover. Mira al cielo como pidiéndolo. Su hombre abre una puerta y una casa los engulle. Ya no existen para la ciudad.

Yo estoy a punto de introducirme en el vientre de una máquina que desafía al tiempo, por un costado. Desaparezco en este lugar.
Más tarde apareceré en otro.

 

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